Dependiendo de su estructura interna y de su composición química, cada cristal posee unas propiedades externas peculiares.

Algunas, como el color, tienen una gran importancia en su aplicación terapéutica, pero en cambio hay otras que tal vez no la tengan.

Gran parte de las propiedades físicas de los cristales derivan de la ofrma en qu ela luz incide en su estructura cristalina. Todos conocemos que al pasar la luz a través de un prisma transparente, esta se descompone en los 7 colores del arcoiris.

Del mismo modo, al atravesar un cristal cuyas caras no forman un prisma regular, la luz se descompone de mil maneras distintas, proporcionando infinitos reflejos que se conocen como fuego o «Brillo del cristal». Muchas piedras preciosas son talladas para resaltar esa cualidad y el mayor o menor arte de ese pulido es lo que le proporciona su belleza.

En función de si la luz los atraviesa en mayor o menor grado, los cristales pueden ser de tres tipos:

-Transparentes: Dejan pasar la luz y permiten ver con claridad los objetos que hay detrás de ellos

-Traslúcidos: Dificultan en mayor o menor medida el paso de la luz y a penas se puede ver a través de ellos

-Opacos: Impiden por completo que la luz los atraviese

Los colores que pueden presentar los cristales cubren todo un abanico cromático del arco iris. Desde el rojo del jaspe al violeta de la amatista. El blanco y negro son los dos colores que completan un espectro cromático de gran trascendencia desde el punto de vista gemoterapéutico

El cuarzo rosa pertenece al grupo de los traslúcidos y hexagonales.

Las delicadas tonalidades rosáceas de este cristal, que van del rosa pálido hasta el rojo vivo, son debidas a las trazas de titanio o de magnesio que entran en su composición, son también las que han dado pie a muchos de los nombres que ha recibido este cuarzo a lo largo de su historia: Rubí de Tansilvania, Rubí de Bohemia o Rubí de Brasil. Se trata de un cristal totalmente imprescindible en gemoterapia por sus muchas propiedades.

El poder benéfico de este cristal combate las energías negativas y ayuda a recuperar la calma, reforzar la autoestima y crear armonía en el entorno.

Mitiga el dolor producido por la pérdida o ausencia de un ser querido porque abre el corazón al amor y a los afectos y ayuda a establecer vínculos de soliaridad y afectividad.

Sus vibraciones proporcionan un enorme bienestar físico y emocional que mejora los trastornos de tipo nervioso y alivia las tensiones musculares.

Sus efectos benéficos funcionan tanto hacia uno mismo, reforzando la autoestima, como hacia los demás